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18 sept. 2008

El falso milagro

La estadística impune  
24/06/08  Por Oscar Taffetani  (APe).- "Cuando concibo una cosa mediante predicados, cualesquiera sean su clase y número, nada se añade por el mero hecho de decir esto es", nos dice Kant en el segundo libro de su Crítica de la razón pura


Y añade, al respecto, una colorida anécdota sobre los cien táleros (ancestro del dólar que circulaba en Prusia) con los que él había soñado, y que luego había enunciado, pero que finalmente... no estaban en su bolsillo.

Eso es filosofar: el pensar honesto sobre un objeto que puede ser el mismo pensamiento, sin segundas intenciones ni dobleces ni mentiras.

Pero cuando ciertos gobernantes anuncian entusiastas que ha bajado a un dígito la tasa de desempleo, que se redujo enormemente la mortalidad infantil y la deserción escolar, dan ganas de replicarles, de kantiano modo, que no por decir que algo es, debemos pensar que eso es cierto o que corresponde a una realidad exterior y objetiva.

Porque si echamos la mano al bolsillo de la realidad (usemos la metáfora kantiana) buscando fábricas y plantas industriales funcionando a pleno, buscando un piberío travieso y bien alimentado en los barrios, o buscando aulas repletas en escuelas de los suburbios, lo más probable es que no los encontremos.

No los vamos a encontrar porque no están allí. Son como aquellos cien táleros soñados por Kant. Son la dibujada estadística y el dibujado registro de una supuesta realidad que nos ofrecen los gobernantes, en estos tiempos de discurso, de imagen corporativa, de política comunicacional... y de hambre.

Tucumán, a la vanguardia

La Dirección de Estadísticas e Información de Salud (DEIS) -dependiente del Ministerio nacional- dio en 2007 un informe maravilloso sobre la situación sanitaria en Tucumán. Aquel informe decía que mientras en 2002 se habían registrado 24,3 muertes de menores de cinco años por cada mil, para 2006 la tasa había descendido a 13,5. Un milagro.

La alegría del DEIS se contagió al entonces ministro Ginés González García. "No conozco experiencia más rotunda donde se haya bajado a la mitad los índices de mortalidad infantil en cuatro años", dijo, invitando a copiar el modelo estadístico tucumano.

Claro que no faltaron los desconfiados; no faltaron los funcionarios kantianos que se llevaron la mano al bolsillo (metafórico) para constatar si esa fant
ástica realidad comunicada por el DEIS estaba verdaderamente allí. Y no lo estaba, claro. El falso milagro se había producido por la astucia (malévola astucia) de no computar como muerte infantil los decesos de criaturas nacidas con 500 gramos de peso.

La epidemióloga Evelyna Chapman, revisando historias clínicas de los fallecidos menores de un año para registrar los casos y establecer las causas de muerte, detectó un crecimiento de casi 100% en los casos de mortalidad fetal en Tucumán, al comparar la tasa de esa provincia con las de Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires. Allí estaba la trampa.

Descubrir el fraude oficial le costó a Evelyn su puesto. Con Ángela Zóttoli, jefa del Departamento de Series Demográficas de la Dirección de Estadísticas del gobierno tucumano, quien colaboró con la comisión nacional investigadora, fueron más benignos: la desplazaron del Departamento y la pusieron al frente de una biblioteca.

Máscaras y distracciones

Para la Organización Mundial de la Salud "nacido vivo es la expulsión o extracción completa del cuerpo de la madre, independientemente de la duración del embarazo, de un producto de la concepción que, después de dicha separación, respire o dé cualquier otra señal de vida, tal como latidos del corazón, pulsaciones del cordón umbilical o movimientos efectivos de los músculos de contracción voluntaria, tanto si se ha cortado o no el cordón umbilical y esté o no desprendida la placenta".

Esa es la definición que han adoptado los ministerios de Salud argentinos. En virtud de esa definición es que el cómputo de un recién nacido de menos de 500 gramos que no logre sobrevivir, debe ser considerado muerte infantil, sin apelación ni atenuantes.

De cualquier modo (sigamos aprendiendo de Kant) no permitamos que la discusión sobre esa estadística impune tucumana, o sobre los índices fantásticos que nos muestran el Indek y otras oficinas, nos distraigan de la insoportable realidad -percibida en las calles, en los barrios y los hospitales- de madres flacas y desnutridas, en precario estado de subsistencia, que darán a luz criaturas condenadas, niñitos que no serán más que la repetición de un largo dolor, niñitos que van a señalar con una indeleble marca de sangre humana a los responsables, a los inocultables responsables del crimen del hambre.


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